La soledad no deseada no es una percepción difusa ni un problema marginal. En Chile, el 49,2% de las personas mayores declara vivir soledad no deseada, según el último reporte del Observatorio del Envejecimiento UC–Confuturo. Es decir, una de cada dos. Un dato duro, incómodo y estructural.
Estas cifras pesan más cuando se acercan las fiestas de fin de año. Fechas diseñadas culturalmente para el encuentro, pero que en la práctica muchas veces acentúan la exclusión. Pensamos en visitar, en regalar, en cumplir. Pero rara vez en incluir. Y ahí está la diferencia clave.
La soledad no deseada no se resuelve con objetos ni con gestos simbólicos. Se enfrenta con presencia real: sentar a alguien a la mesa, escuchar su opinión, incorporarlo en las decisiones, invitarlo a soñar el año que viene. No como acto de caridad, sino como reconocimiento de dignidad.
Incluir en la cena de Navidad, pero también en el brindis. Incluir en las palabras de agradecimiento por el año que se va y en los propósitos del que llega. Incluir no solo a padres o abuelos, sino también a vecinos, amistades mayores, personas que han quedado fuera del circuito familiar tradicional.
Desde una mirada más profunda, la soledad no deseada es también una forma de duelo. Un duelo sin rito, sin espacio, sin validación social. Y cuando el duelo no se nombra ni se acompaña, se enquista.
En Biofuneral creemos precisamente en eso: en acompañar. En dar tiempo, espacio y sentido cuando hay pérdida. Y esa convicción no se limita al momento de la despedida. Acompañar es una forma de estar en el mundo. Es entender que la sostenibilidad no es solo ambiental, sino también humana.
Estas fiestas, más allá de los regalos y las visitas rápidas, vale la pena hacerse una pregunta simple y honesta:
¿A quién estoy incluyendo de verdad?
Porque la presencia, cuando es auténtica, sigue siendo el gesto más transformador que existe.

